El valle de Altzolaras (30-ene-2009).

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El valle de Altzolarats es aire, agua, fuego y hierro. Son casi los cuatro elementos primigenios, como corresponde a un valle que pertenece más a la Tierra que al Hombre.

Cuesta creer que en el corazon de la industrial y congestionada Gipuzkoa se puedan encontrar aún lugares como este, tan aislados del resto del mundo que parecen anclados en el tiempo, y sin embargo, tan próximos. Quizás sea precisamente su proximidad lo que lo mantiene oculto, por que pocas veces miramos a nuestro alrededor cuando buscamos pequeños paraísos olvidados, y preferimos buscar lejos.

Altzolaras es un auténtico remanso de paz, y sin embargo, hubo un día en el que el valle era un centro fundamental de la industria del hierro de la comarca, y ostentaba una destacada importancia económica. Hoy en día queda poco de fuego y hierro en el valle de Altzolaras, pero los restos de sus viejas ferrerías, que la naturaleza va recuperando para sí con su pausado trabajo a lo largo de los siglos, nos hablan de otros tiempos en los que el sorprendente silencio que ahora reina en el valle era roto por el estruendo de las fraguas y el repicar de los martinetes.

Hoy Altzolaras ya no es fuego y hierro. Es aire y agua. Pero también piedra, musgo y el recuerdo melancólico de un pasado que no sabemos si fue mejor, pero sí que era muy distinto.

El valle de Altzolaras hay que recorrerlo despacio, con tiempo para detenerse en las ruinas de las viejas ferrerías y adentrarse por sus mohosos pasadizos. Podremos encontrar al menos seis molinos y tres ferrerías, en distintos estados de conservación. En el punto donde comienza el valle, en Aizarnazabal, y en la misma desembocadura del Altzolarats en el Urola se encuentra la primera ferrería, Txiriboga. Un poco más adelante, en la zona más amplia del valle, encontramos el molino de Urbietatxiki. Nuestra intención es la de no detenermos hasta encontrar la primera ferrería: Bekola.

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Bekola, o Alzolaras de Yuso, lo que viene a significar la misma cosa. En el frontal de la antepara hay un remate de piedra en el que podemos encontrar la fecha de la construcción: 1734. Sin embargo, la tradición ferrera de Altzolarats es muy anterior a esta fecha.

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La ferrería de Bekola está bastante bien conservada y ha sido utilizada como serrería en tiempos relativamente recientes, aunque ya hace mucho que se encuentra abandonada.

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En Bekola todavía se puede encontrar vieja maquinaría procedente de su pasado como serrería.

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El conjunto de Bekola es muy interesante, y la ferrería no es el único elemento que hace que merezca una visita. Además de la ferrería, en la que se conservan los espacios de la forja y el almacén, podemos encontrar intactos la presa, el canal, la antepara y un pequeño molino contiguo a la ferrería. Junto al conjunto de la ferrería está el caserío Bekola, una preciosa muestra de arquitectura popular, con su fachada de piedra, ladrillo y entramado de madera. En este punto el río puede cruzarse por un antiguo puente de piedra, sin duda un resto del viejo camino que comunicaba las ferrerías con la rentería de Bedua, a orillas del Urola, muy cerca de donde el arroyo de Altzolarats vierte sus aguas al rio.

Bedua era el puerto donde se descargaba el mineral de hierro o el hierro semilelaborado procedente de las minas y hornos de Bizkaia.

El linaje de Bedua gozó del privilegio de cobrar los derechos reales sobre el comercio del hierro desde finales de la edad media. Allí todavía se conserva un antiguo edificio del siglo XVII, mitad palacio mitad lonja, en donde se almacenaban los productos fabricados en las ferrerías.

Por si a alguien le entra la duda, las ferrerías de Altzolaras no tenían nada que ver con el embarcadero de mineral de hierro de Mollarri en Zarautz, que ahora que lo están preparando para el turismo se oye hablar bastante de él. En este embarcadero se cargaban los barcos con el mineral que venía por teleférico desde las minas de Andazarrate en Asteasu (bastante cerca de Altzolaras, por cierto) y funcionó entre los años 1906 y 1923, mucho más tarde que el tiempo de apogeo de las ferrerías de Altzolaras.

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La presa de donde parte el canal que termina en la antepara de Bekola, todavía intacta.

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Desde la presa de Bekola continuamos remontando el valle. No tenemos tiempo de avanzar mucho, porque enseguida llegaremos hasta la ferrería de Goikola, junto al caserío Olalde, que en euskera significa algo así como “lugar junto a la fábrica”.

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Por cierto, Goikola viene a significar “la fabrica de arriba”, en contraposición a Bekola, que sería “la fabrica de abajo”.

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Goikola no está tan bien conservada como su compañera Bekola, pero todavía quedan muchas cosas que husmear, aunque lo más destacable es el ambiente del entorno, umbrío, verde, húmedo y cubierto de vegetación. Entre las parades de Goikola, la luz del día apenas se abre paso.

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Los viejos arcos de piedra nos hablan de la antigüedad de estas paredes.

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Ante la quietud que reina en los pasadizos de Goikola, hace falta hacer un gran esfuerzo de imaginación para hacerse una idea de lo que sería este entorno en plena ebullición, el trajín de la gente descargando bloques de hierro con el trasnfondo de los bufidos de los enormes fuelles, el crepitar de la forja y el golpeteo del martinete sobre el metal incandescente.

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Goikola es tan antigua que sus pasadizos parecen más cavernas naturales que túneles construídos por el hombre. Esta gran argolla de hierro que cuelga del techo está totalmente cubierta por una colada estalagmítica y más parece de piedra que de metal.

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En Goikola todo es blando, húmedo y mullido. La melancolía se te cuela dentro lentamente, sin que te des cuenta.

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Salimos de Goikola y continuamos subiendo por el valle. Pronto llegaremos a las ruinas del Palacio de Altzolaras. El viejo palacio gótico contruido en el siglo XV debió de ser impresionante en su día, pero fué destruido por un incendio y en la actualidad se encuentra en estado de ruina total.

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A este palacio se trasladó en el siglo XV el hijo del señor de Oñate, don Beltrán Velez de Guevara, al casarse con Doña María Beltrán de Iraeta, perteneciente al linaje que regía sobre el conjunto ferrón de Iraeta. O sea, que todo queda en casa.

El palacio se encuentra junto al caserio Errotatxiki (o “pequeño molino”), que como su nombre indica, también cuenta con un antiguo molino.

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Hubo un tiempo en que este lugar era estratégico y se encontraba en el paso de una importante ruta que unía Aizarnazabal con Aia. Hoy en día un sendero a duras penas es capaz de abrirse paso a través de la vegetación en el tramo que une el Palacio de Alzolaras con la cabecera del valle, que también puede ser alcanzada en coche desde Iturriotz o Aizarna.

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Un poco más adelante se llega al caserío Errezabal, deshabitado en la actualidad. Y aquí se acaba la civilización. A partir de este punto el valle de Alzolaras se estrecha, hasta convertirse casi en un cañón en algunos tramos, aunque todavía quedan largos kilómetros de valle. Hay un viejo sendero que sube por la orilla del río, que a duras penas se abre paso entre los bloque de piedra tapizados de musgo y la densa vegetación. A ratos se divisa el viejo camino que remonta el valle encaramado en las paredes un poco más arriba que la orilla del río, pero desconozco si es transitable o no. Esta parte del valle tiene un marcado carácter kárstico y está llena de surgencias, que con la que lleva caída este invierno están a rebosar. También hay por aquí una gran cantidad de cuevas, algunas de las cuales han estado habitadas desde los tiempos del paleolítico medio (175.000-40.000 años AC) como la cueva de Amalda, en la que se han hallado restos del hombre de Neanderthal.

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El fuego también ardía en otros lugares del valle de Altzolaras, como este viejo horno calero.

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El agua es el auténtico protagonista del valle de Altzolaras. En esta época del año baja abundante por cualquier arroyo que viene a desembocar en el río principal. Hoy en día estas aguas están liberadas del trabajo de tener que mover cualquier maquinaría, así que bajan despreocupadas saltando entre las piedras cubiertas de musgo.

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Este imagen resume muy bien el espíritu de este tramo del sendero: un viejo camino venido a menos, que la naturaleza reclama para sí, cubriéndolo con un manto espeso de musgo y vegetación.

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El agua de una surgencia se desliza por un tobogán de tobas que se ha ido depositando a lo largo de los siglos. La vegetación nos parece más propia de una selva tropical que de un valle gipuzkoano.

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Y también algunas setas, que no se vaya a decir. Un clásico de estas fechas: Tremella mesenterica.

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Y otro gran clásico de las setas de esta época del año: Sarcoscypha coccinea.

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El camino, que a menudo se desdibuja tanto que llega casi a desaparecer, otras veces se vuelve a hacer visible para recordarnos que hubo un tiempo en el que llegó a ser importante y era muy transitado. Hoy en día son muy pocos los que atraviesan estos viejos puentes de piedra.

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Estamos alcanzando la cabecera del Altzolaras. Llegamos al molino abandonado de Errotabarrena, hoy completamente arruinado, aunque la antepara, construida con recios sillares, desafía imperturbable al tiempo.

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Nuestro viaje está a punto de terminar. Un poco más adelante alcanzamos la central hidroeléctrica de Zentrala, operativa aún hoy en día, y en este punto abandonamos el cauce del Altzolaras para remontar por su afluente Granada Erreka. Aún queda otro molino más arriba hacia la cabecera del Altzolaras que dejaremos sin visitar, el del caserio Illarragorri.

En cinco minutos llegamos al caserío de Granada Erreka, en donde por cierto, también hay restos de un viejo molino muy deteriorado, cuya antepara se utiliza hoy en día como criadero de truchas por la familia que gestiona el restaurante de Granada Erreka. Es ya hora de comer ¿alguna duda sobre el menú?: una buena fuente de truchas del lugar.

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Nos recogen en coche y salimos de Granada Erreka hacia Aia a través de Iturrioz. Un poco más abajo de Laurgain nos desviamos para visitar la ferrería de Agorregi, pariente próxima de las ferrerías de Altzolaras, con la intención de hacernos una idea más exacta de cómo eran estas factorías cuando estaban en uso. La ferrería de Agorregi ha sido recosntruida, e incluso todos los domingos se ponen en marcha los fuelles y el enorme martinete para las visitas.

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La ferrería de Agorregi fue construida en varios niveles, de forma que la misma agua que se utilizaba para impulsar los grandes fuelles de la forja era utilizada en un segundo salto para mover la turbina que movía el martinete. En la foto se ve la turbina del martinete.

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Para variar, en Agorregi también hay varios molinos. Esta es la rueda de uno de ellos.

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7 criticas en “El valle de Altzolaras (30-ene-2009).”

  1. Vaya, vaya, por fin un sitio visitable, para la familia y tal…

    Muy chulo. ¿Seguro que no te suelta pasta Turismo?

  2. ¡Menudo libro abierto! Y las fotos… ¡mejor imposible! Ilustran a la perfección todo el recorrido y transmiten plenamente esa sensación de un pasado activo calmado por el agua y la vegetación. Me ha encantado, lo apunto en mi libreta para ir alguna vez…
    mil besos para los 2

  3. Hola Burrunburi!
    Te sales eh! Fotografía alucinante, a la altura del lugar. Narrativa y documentación histórica excelentes. Chacho, al mal tiempo buenos bloggs! A ver cuando puedo acompañaros en una de esas. Un abrazo

  4. Las preciosas fotos y el texto poetico hacen que tenga ganas de ir a visitarlo. Despues de Zumaia otro sitio apuntado en mi agenda…

  5. Muy estético fotografia y texto. Vete pensando en preparar estas excursiones en formato CD y libro.

  6. Bravo Iñigo, has conseguido con tus fotos casi, casi que llege a oler el musgo y los helechos que recubren practicamente todo el recorrido.
    Ikusgarri benetan.

  7. Iñigo, he visto unas cuantas fotos tuyas y todas buenas, pero estas me parece que se salen. Son impresionantes, todas ellas. Las de agua en movimiento siempre han sido de mis preferidas y estás son muy chulas.
    Sigue así, haciéndonos disfrutar de tus excursiones

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